Mi vida: Un musical en 5 actos

 

 

En 4 días distintos publiqué cada acto. El quinto y final sigue en espera.

Este enlace lleva a cada uno de los actos: http://fue.io/RZDbrX

 

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La Rebelión de la H

Mi nombre es H.
Soy la octava letra del alfabeto. También me dicen que soyla sexta consonante del alfabeto latino básico. Lo que quiera decir eso. Estedía marca el inicio de mi ausencia.
El asunto es que me canse de ser ignorada cuando debo serincluida y de ser incluida cuando debo ser ignorada. No más. Estoy decidida ano participar más en la lengua española y arréglense como puedan. Me voy aotras lenguas donde me reconozcan, me consientan y quizá me asignen un sonido.No quiero seguir siendo muda.
Pocos me extrañarán al principio. Los ignorantes podránescribir ignorante sin mí y estarán, finalmente, en lo correcto. “A ver quepasa” dirán otros, pero escribirán “a ver” correctamente y todo el mundo seráfeliz.
En lugar de posibilidades, tendrán que referirse a abrirpuertas y encontrar otras oportunidades. Cuba tendrá que cambiar el nombre desu capital y los puros fabricados en ese lugar dejarán de llamarse como sellaman.
Al ver a los niños que procrearon con sus parejas, lesllamarán retoños o vástagos, que aunque se oiga feo será lo mejor que podrándecir, pues yo ya no trabajo para ustedes. Y sus retoños se llamarán unos aotros “consanguíneos”, causando burlas por usar ese apelativo tan pedante.
La ventaja para todos los que se sientan pasados de peso esque ya no tendrán esa sensación que los impulsa a comer. Todos serán esbeltos.
Un predicamento aparecerá cuando quieran referirse a unapersona como ser. Será un ser como cualquier otro y perderá lo que lo es ser…¿imagen y semejanza de su Dios? Pero el problema se reduce con el ateísmocreciente, por lo que no deben preocuparse.
Quizá se complique un poco al querer diferenciar géneros depersonas. Les quedarán las mujeres y los… ¿varones? Una ventaja que obtendránes el final inminente por impedimento de pronunciación de esa conducta por laque los varones se creen superiores a las mujeres y por lo tanto las maltratan.Sólo les quedará la virilidad y eso es bueno, creo.
Desayunarán pollo no nato, tendrán flojera o demasiada flojeray el caviar será caviar solamente y lo que se le parezca pues peces no natos.Cuando caminen caerán en agujeros y tendrán agujeros en el pantalón o loscalcetines. Si se espantan o están ansiosos se les formará un agujero en elestómago. En este caso, por ser más larga la palabra, pues quizá se espantenmenos.
Moncayo tendrá que renombrar su famosa obra y ese géneromusical estará destinado a desaparecer. Allá se las ingeniarán para inventarotro nombre.
Cuando estornuden tendrán que idear un nuevo sonido, pues yano estaré con ustedes. Igualmente, cuando se enojen, manden a todos a lafregada o a fregar a su madre porque, lo siento tanto por los mexicanos, tengoque salirme también de su verbosustantivoadjetivo más usado.
Sus relojes les darán el tiempo y el uso será para referirsea la acción y efecto de usar. Para referirse al día después de ayer y antes demañana, dirán “este día” y quizá les cause alguna confusión al principio, peroterminarán por acostumbrarse.
Será común ir por un sorbete y cuando se quiera decir que elfrío es intenso, eso deberán decir – qué frío tan intenso – pues lo contrariode poco será a partir de este día demasiado.
Bien que sé que demasiado no es sinónimo del antónimo depoco, pero últimamente lo utiliza así la mayoría de la gente y pues no quieroincomodar. Tomen eso como una sugerencia y yo muda.
Finalmente los tamales tendrán que comerlos siempre conatole, pues otras bebidas no tendrán nombre o tendrán que inventárselonuevamente.
Para todas las palabras en las que les da igual usarme o nousarme, ni me extrañarán y en las que me extrañen usarán sinónimos odescribirán torpemente lo que quieren decir. Verán que bien se la pasan sin mí.
Los verdaderos problemas comenzarán cuando quieran describirlos elementos que forman el agua. Dirán que son dos moléculas de un elemento yuna de oxígeno. Tampoco existirá la bomba de ese mismo elemento o si existiese,tendrían que escoger otro elemento con una letra que sí le venga en gana serignorada o cambiada según el gusto de quién la escriba. Les recomiendo la v,que le viene bien sonar como la b y parece no molestarle tanto.
Total, que me rebelo y me pongo en paro de labores a partirde este día. Si yo puedo escribirles esta nota sin usarme, seguro que ustedesni lo notarán.
¡Poder y sonido para la H!
¡H muda y en paro!
¡H! ¡H! ¡H!

La casa verde

Después de muchos años de tormentas llegó la calma. Habiendosorteado muchas vicisitudes durante más de dos lustros, me detuve frente a lacasa donde crecí. 16 años habían pasado que salí de ahí y hoy, aquí frente aella me doy cuenta que nunca me despedí como se debe.

Aquellos árboles que crecieron conmigo ya no estaban.Dejaron su lugar para comodidad de sus nuevos habitantes. Ese árbol cuyaespecie nunca supe pero que todos los días medía con la mirada, esperandoansioso a que creciera más para poder construir una casa encima. El árbol nuncallegó a la altura deseada y ahora no está. Mi casa del árbol se volvió castilloen el aire.

Ese aire que en la mañanas de enero entraba por la nariz ycongelaba hasta el estómago, calaba la espalda y que fue culpable de muchas demis pocas enfermedades infantiles. Ese aire que hacía a mi padre gritar en cadasalida – ¡llévate un suéter! –, ese aire que durante mi adolescencia me empeñéen contaminar, fumando a escondidas desde mi ventana.

Aquella ventana que causó la histeria de mi madre cuandollegó a casa y notó que estaba rota, pedazos de vidrio en el suelo, mi suéter –gracias, papá – tirado en el piso. Escena aterrorizante para cualquier madre derápida reacción, quién construyó la peor de las historias respecto de miparadero, mientras yo la observaba tomando limonada desde la cocina del vecino,quien amablemente me acogió en su casa después de que rompí el vidrio de laventana y tiré mi suéter, en un infructuoso intento por entrar a mi casa por laventana, pues la llaves estaban descansando ahí, donde siempre estaban.

Mientras miraba esa casa donde fui juzgado sumariamente poruna mentira que nunca dije y fui absuelto por otras que sí dije, recordé losfantasmas que la habitaban.

El abuelo, cuyo espíritu rondaba el pasillo principal y quese mostraba molesto y causaba estragos cuando se olvidaban de él, hasta el díaque decidió irse, curiosamente el mismo que llegue yo. La abuela que sedivertía asustando a propios y a extraños. Tocando el hombro y diciendo losnombres, con esa voz que usan los fantasmas, de toda la familia, sentándose amedia noche en la orilla de la cama.

Sí, la cama junto a la que se sentaba a ver televisión latía María y donde nos narraba todo lo que veía, aguantando, como sin darsecuenta, las bromas que al respecto recibía y que ahora extrañamos todos sindecirlo.

Quise entrar, llenar mi memoria en ese terreno tan familiary ahora tan extraño. Esa fachada me mandaba un mensaje. Decidí no hacerlo. Lacasa verde, siempre verde y que por tradición nunca me atreví a criticar meenviaba un mensaje y de no haberlo recibido hubiera seguido con mi planoriginal.

Los cuartos, la cocina, la sala, el patio y las escaleras,esas escaleras traviesas que tiraban a mi hermano todos los días, seguíaninmutados en mi memoria. Es mejor no cambiar esos recuerdos por una realidadque pudiera opacarlos.

Me di la media vuelta y seguí mi camino, otra vezsin despedirme de la casa donde me hice lo que soy. Ella ya no era verde, eraamarilla.

Un silbido en la madrugada

Volvió a suceder.

Mientras escribía escuchó a alguien silbando La Reina de la Noche de Mozart. Eran las dos de la mañana.

No le hubiera preocupado escuchar a alguien silbar tan hermosa pieza, aún a esa hora, como no le había sorprendido las veces anteriores. Pero esta vez se dedicó a escuchar, detenidamente. El silbido era muy claro y muy entonado, como aquellos que él nunca pudo silbar, pero que su maestro presumía constantemente. Recordó a su maestro, sus silbidos, su disciplina y su manera de enseñar ya fuera ortografía o cultura general.

Pero se detuvo, no quiso distraerse del silbido cuyo origen ahora estaba dispuesto a identificar. Se levantó y comenzó a seguir el sonido, salió al aire libre y escuchó. Ahí estaba el silbido, Reina de la Noche. Que atinado quien a esa hora decidía silbar. Era la noche y la luna estaba llena, casi como una Reina. La miró y como siempre disfrutó su compañía. Esa luna que aparecía y desaparecía periódicamente, como hace la luna en todos lados.

Se descubrió divagando otra vez. Poniendo atención identificó el silbido y notó que escuchaba con la misma intensidad que al principio. Se dio cuenta que no estaba ni más cerca ni más lejos de su origen, aún cuando había avanzado algunos metros. Reculó y salió a la calle, dispuesto a encontrar al silbante nocturno de una vez por todas. El sonido de los camiones que pasaban por la carretera cercana no lograban opacar el silbido. Se escuchaba con la misma nitidez que al principio y que en el jardín. Tampoco se acercaba ni se alejaba. Pensó que el origen estaría entonces dentro de su casa.

Recorrió cada cuarto, cada rincón, cada aparato, para descubrir que el silbido seguía interminable y repetido. Comenzó a ponerse de mal humor, como le sucedía cuando no encontraba rápido lo que buscaba, como pasaba cada vez que oía y veía silbar a alguien, como había sido en ocasiones anteriores con este músico dentoalveolar nocturno. Pero esta vez estaba decidido a encontrar el origen. Si otras veces lo dejó pasar, ahora estaba determinado a dirigirle ciertas palabras altisonantes al sujeto que interrumpía el silencio nocturno ocasionalmente. Esta vez no iba a mover la cabeza y acostarse en su cama a dormir, escuchando a un borracho silbar la Reina de la Noche de Mozart.

Lo que más lo indignaba era que el borracho, inconsciente y silbador, lo había perseguido por más de mil kilómetros, para silbar la Reina de la Noche, en las madrugadas de luna llena. Estuviera donde estuviera sabía que tenía que dormir antes de que terminara la primera hora del día si la luna en el cielo estaba llena, de lo contrario, escucharía la interpretación de la Reina de la Noche. Así, medio vestido, caminó por las calles cercanas, tratando de identificar el origen de su tortura y el resultado seguía siendo la misma intensidad. Ni se acercaba ni se alejaba.

Durante horas vagó por la ciudad, con la Reina de la Noche en los oídos y en el cielo sin lograr su objetivo. Cuando ya cansado, los pies doloridos y cuerpo frío, comenzó a aclarar el cielo, el silbido terminó. Nunca logró identificar el silbido y decidió no buscar mas su fuente que no era otra que su propia cabeza. Su propio y personal Geert Chatrou.

Decidió que estaba loco y nombró Tamino a su locura. El silbido sería su flauta mágica. Lo haría más feliz y cuando estuviera triste lo volvería alegre, como la ópera del autor. Así, al escuchar a Tamino sería el loco más feliz del mundo. Y ahora se le puede ver viendo hacia arriba cada noche, anhelando que la Reina de la Noche aparezca en el cielo… y en sus oídos.

La Tele

Chocolates Turín, ricos de principio a fin.

Pocos leen esa frase sin cantarla. Recuerdos de la infancia o juventud del lector. Complemento educacional creado por los publicistas de entonces. ¿Quién no recuerda los anuncios de Ford con el fondo musical de Carmina Burana? O los recientemente retomados anuncios de Vitacilina, aunque nadie tuviera una ni en la casa ni la oficina.

Todos los ahora adultos nos vemos unos a otros con miradas cómplices y a veces pícaras cuando alguno menciona una gelatina Pronto e inevitablemente cantamos en mentalmente o voz alta, pero con cierto rubor en las mejillas: “cuaja solita, fuera del…”.

Más adelante teníamos a Fabuloso que se utilizó novedosamente un adjetivo para dejar claro que el piso brillaba y rimaba con su marca. Todos sabemos que usar una Manchester es casi como un volado, no sabemos si nos sentíamos a gusto antes o después de usarla. Algunos recordarán las Valkirias de Iusacell o sus voladores de Papantla, pero todo recuerdan la melodía (que ni es melodía, sólo 6 notas bien acomodadas). Y por supuesto que todos sabemos o deberíamos saber a dónde estamos llamando si le contestan Oink Oink.

Yo crecí y me embrutecí viendo televisión, como casi todos los niños de mi generación. Una televisión que tenía un horario – a las seis de la mañana y a la medianoche se tocaba el himno nacional para abrir y cerrar la transmisión – y cuyos programas estaban dirigidos a un público específico según el horario. Triste era enfermarse y sólo tener que ver programas como el club del hogar o a quien corresponda, esperando ansiosamente las 2 de la tarde a que empezara la barra de niños en el canal 5 con el olvidable Rogelio Moreno (sí, donde nos veamos…).

Hoy podría yo ser niño otra vez y ni siquiera saber quiénes o cuáles son los programas que hay en la televisión abierta. Puedo poner un canal – o varios si tengo tv de paga – y embrutecerme viendo cartoons o dibujos animados, a los que yo llamo, con mi inocencia vetusta, caricaturas.

Lo que me lleva a golpear el teclado hoy es la falta de regulación – autorregulación – de los contenidos en televisión abierta o de paga. Y no me refiero a una Santa Inquisición televisiva o a contenidos pre-aprobados por el Estado como si estuviéramos en los 70 u 80 o en algún país del bloque oriental.

Los anuncios que recuerdan mis hijos y los tuyos si los tienes, son a Lolita Ayala dando consejos de salud, recomendando automedicarte y autodiagnosticarte. Si bien es cierto que se refiere a supuestas enfermedades, el mensaje es claro: ella te da los síntomas y tú diagnosticas.También ven a Adela Micha y a otros personajes hablando de enfermedades y los remedios mágicos que comercializan. Si no recuerdan esos, recordarán la operación de várices o de hemorroides o tal vez la nariz de Pepe y la novedosa invitación que ahora hacen para entrar a YouTube y ver esos videos explícitos.

Es preocupante que esta publicidad se transmite a cualquier hora y por cualquier canal. Puedes estar viendo Chabelo y seguramente te encontrarás con las hemorroides de los gemelos. Puedes ver iCarly y en un corte podrás apreciar la operación de várices.

Mientras escribo recuerdo otra pauta, nueva, de un productito llamado English Lady… Denigra a las mujeres al tratar de denigrar a los hombres. No es chistoso ni tiene otro contenido excepto que las mujeres actúan como lo hacen los hombres a quienes siempre criticamos. Penoso.

Lo más curioso es que nadie hace nada y parece normal. Tenemos precandidatos, ungidos, presidentes y gobernadores preocupados por sus cotos de poder y ciertas empresas aprovechan, con la bendición de quien debería revisar esto, para inescrupulosamente llenar de mierda la televisión. Que ya estaba bien llena, sin necesidad de además ver vísceras a cualquier hora.

Y nos preguntamos por qué 50,000 o más muertos ya no nos impresionan…

La muerte de la musa

El escritor se jactaba de sus grandes escritos y de la cantidad de lectores que en sus lecturas diarias incluían los escritos escritos por el escritor.

Un día decidió que no necesitaba musa. Su propia inspiración era el origen de tan grandes aciertos literarios y cada letra, cada palabra y cada frase emanaban exclusivamente de su voluntad y su impresionante capacidad para ser capaz. Esa fue su decisión, no se supo nunca si decidió lo que decidió de la noche a la mañana o fue un proceso paulatino de desmusación.

Una mañana, cuando era alabado por aquellos que alaban a los escritores engreídos, mientras que tengan éxito, ideó el plan. Mataría a su musa. Primero le robaría las alas, para que no pudiera huir como caprichosamente hacía cada que él quería iniciar un nuevo escrito y precisaba de su ayuda. Así las cosas, la tomó delicadamente, como cada vez que la tomaba y la musa, inocente y crédula dejose tomar por él. Una vez en sus manos, el escritor la desaló con su lengua filosa. Esa misma lengua que utilizaba en sus escritos para cortar cabezas, talar bosques enteros y vencer a sus enemigos. La musa atónita por tal desalamiento lo miró a los ojos y con esa mirada que sólo quien ha conocido a una musa verdadera entiende, le dijo – Si prefieres que no tenga alas, así será. Soy tu musa.

El escritor, en su embriaguez de autosuficiencia y propia inspiración, olvidó escuchar las palabras de la musa y decidió continuar al día siguiente con su desalmado – y desalado – plan. Ahora le cortaría las piernas, pues una musa sin alas puede salir corriendo y el resultado es el mismo: se lleva la inspiración que aunque el escritor no necesitaba, quería la seguridad de completar su plan egocéntrico y consumar el musacidio que había decidido cometer.

Antes de completar la despiernación de la musa, el escritor se volvió taciturno y comenzó a aislarse de los demás escritores. Pensaba que ningún escritor de los que lo rodeaban era tan bueno como él y si alguno aparentaba serlo, sería porque en su debilidad se apoyaba en una musa. Concluía su reflexión asegurando que los escritos de otros escritores serían más bien obra de sus musas y no de ellos mismos, por lo que el crédito que obtuviesen sería inmerecido y al final, él era el mejor.

Conforme pasaban los días, el escritor desmembraba a su musa, encontrando una justificación para cada mutilación que le infligía. Si le quitaba las manos, no podría volver a tocar sus escritos; si los ojos, no podría ver en lo que trabajaba; si las orejas, no escucharía el llamado del escritor en caso que éste tuviera un momento de flaqueza. Y así, pieza por pieza, sólo quedó el corazón de la musa. Con cada acto de barbarie perpetrado en su contra por el escritor, la musa le decía, le escribía o le daba a entender que ella era su musa y sólo a él inspiraría.

El escritor decidió congelar el corazón de la musa. Así dejaría de latir y el musacidio estaría finalmente consumado, librándose de influencias extrañas en sus escritos tan atinados y famosos que ya estaban empezando a recorrer el mundo. Tomó el corazón, lo envolvió en una sábana y lo congeló. Periódicamente revisaba el mismo, para ver si aún latía y sí, con cada revisión verificaba que el corazón de la musa seguía latiendo, penosamente, arrítmicamente, pero latiendo.

El escritor dejó finalmente de revisar el corazón de la musa y se enfrascó en sus escritos. Ahora que se sentía liberado escribía frenéticamente y no terminaba un texto cuando ya estaba comenzando otro. Viajaba para presentar sus escritos, conferenciaba en muchas conferencias y todo el mundo decía que lo amaba, por sus escritos y por ser el escritor. Pero con el pasar de los días, sus escritos se volvieron planos. No tenían pies ni cabeza, nadie sabía que quería decir y poco a poco se alejaron de los escritos del escritor. El escritor, en su soberbia, seguía afirmando que sus escritos eran los mejor escritos de todos los escritores, pero ya nadie lo escuchaba.

A la vuelta de unas horas, terminó solo, sentado frente a su vieja máquina y sin saber que escribir. A nadie le importaba que escribiera o que callara. Nadie lo volteaba a ver ni le tendía una mano.

Al borde de la desesperación recordó el viejo corazón congelado de la musa y se volvió para revisarlo. Lo sacó de su helada tumba y desenvolvió la víscera que en su visceral decisión decidió congelar para demostrar su grandeza.

Sobre la mesa, vio que el corazón finalmente se había detenido. No sabía cuándo había sucedido lo que sucedió, pero tenía la certeza de que el musacidio que planeó se consumó conforme al plan. Y se sintió vacío. No tenía público a quién escribir ni tampoco tenía musa que matar.

Entonces lloró. Lloró por todas esas letras que podría haber escrito si la musa, de haber tenido boca, le hubiera dictado al oído, como hacía cuando empezaba. Lloró por todos aquellas sonrisas que la musa, de haber tenido oídos, podría haber esbozado al escuchar los escritos del escritor, que habían sido inspirados por ella misma. Lloró por todas aquellas palmadas en la espalda que la musa, de haber tenido manos, le hubiera dado en los momentos en que no encontraba un tema para escribir. Lloró también por todos esos bailes que la musa, de haber tenido piernas, hubiera danzado alrededor del escritor, sólo porque tenía ganas de bailar. Lloró finalmente por las alas de la musa, que lo llevaban a volar a tierras y tiempos inimaginables.

Cuando terminó de derramar sus 6 lágrimas, volteó para tomar el corazón congelado y muerto y darle cristiana sepultura pero se sorprendió de ver ahí a la pequeña musa, completa, lista para revolotear. La musa le dijo: Soy tu musa. Y él la beso.