De fantasmas, política y calzones

Mientras trabajaba anoche, rodeado de los fantasmas que meacompañan a todos lados y otros nuevos que no tuvieron la decencia depresentarse, empecé a reflexionar sobre las candidaturas ciudadanas.
La semana pasada se hizo mucho escándalo sobre dosciudadanos que son candidatos a la jefatura de gobierno del Distrito Federal enMéxico. De acuerdo con la ley, sólo los partidos, etcétera. Pero éstos sonciudadanos y son candidatos o precandidatos, ya no sé cuál es el términocorrecto en este momento y que cambiará a la vuelta del mes, pues a mi meparece igual la propaganda de la precandidatura y de la candidatura y elresultado el mismo también, más confundido que al principio y adepto del nuevotérmino acuñado por Alejandro Pisanty, el “nohayacualismo”.
Pero estos nuevos personajes son ciudadanos, como tú y comoyo y quieren llegar al gobierno del DF para cambiar las cosas. Eso es lo quepidió don Calderón cuando le reclamaron sobre la inseguridad a él y a supartido. Eso es lo que muchos ciudadanos queremos, cuando decimos que todos lospolíticos son iguales (recordé una imagen que vi ayer antes que a misfantasmas).
Pero no todo es miel sobre hojuelas – yo nunca he comidoeso, cuando mucho un buñuelo en Coyoacán – ni felicidad y un nuevo cambio quecambiará el cambio que no cambió más que el color de los políticos.
El problema principal, como incluí en el etcétera de arriba,es que a estos ciudadanos, respetables y hasta activistas, los DEBE proponer unpartido político para que puedan ser candidatos (pre).
Ahí es donde la puerca tuerce el rabo, dijo una de misetéreas acompañantes a cuya compañía ya me acostumbré, después del susto que mecausó la primera vez hace 9 años.
Pues sí, la puerca tuerce el rabo cuando los políticosescogen a los ciudadanos que van a representar a otros ciudadanos y a cuidarsus intereses políticos. Entonces, dejan de ser ciudadanos y se vuelvenpolíticos.
Y no digo que los políticos no sean ciudadanos, lo quecreemos todos los participantes en esta reunión macabra (cuando el 95% estánmuertos así se le dice), es que los políticos creen que no son ciudadanos. Yempiezan a actuar como si fueran una especie o una casta superior, que no mejoraunque se los hagan creer a ellos sus fantasmas.
Lo más extraño es que ahora los partidos políticos nosvenden a sus ciudadanos como una respuesta contra ellos mismos y sus “ciudadanos”nos quieren hacer creer que no tienen nada que ver ni mantienen relación algunacon el partido que los postuló.
Los espectros que están conmigo nacieron en la primera mitaddel siglo pasado. Algunos de los nuevos parece que antes de eso. No se lacreen.
Yo tampoco, pero qué pueden saber una bola de muertos y unapersona trabajando en el recién inaugurado turno nocturno.

Mejor doblo los calzones que tengo pendientes,porque no se van a guardar solos y mi cliente mañana andará como escocés. Y esosí que no es justo.

El nuevo teléfono (2000 – 2012)

Octubre 2000.

Hace un año me quede atónito. Conocí un formato de archivo completamente diferente a todo. Investigué como se investiga en esta época carente de Wikipedia y Google y encontré que este formato comenzó a desarrollarse y fue patentado en Alemania en 1989 pero fue hasta hace 3 años, 1996, que se otorgó una patente en los Estados Unidos. El formato es MP3.

¿Qué es lo que hace el MP3? Básicamente al utilizar la codificación MPEG, la información de sonido original en un CD se reduce 12 veces, sin perder la calidad. Es decir, la copia y el original son idénticos.

Afortunadamente para mi ansia de conocer, hoy trabajo en la industria de las telecomunicaciones y esta mañana llegó mi jefe con un teléfono nuevo. Es el próximo lanzamiento de la empresa y la gente de marketing y ventas están desesperadas porque nosotros, en legal, tenemos detenido ese equipo.

Es un Samsung SCH210. Bastante feo si me preguntan y parece una copia barata de mi Ericsson T28. Además es plateado. Casi un sacrilegio pues los fabricantes de teléfonos móviles hasta hoy, respetan el elegante y corporativo color negro. Así han sido los Nokia, los Motorola y los Ericsson. Pero el color no es el problema.

La razón por la que el vicepresidente legal entre a mi oficina con cara de santo-dios-ahora-cómo-le-hacemos-para-no-meternos-en-problemas es que este equipo tiene capacidad para guardar y reproducir MP3.

Justo ayer comentábamos en la comida sobre el juicio que inició Metallica en contra de Napster y los argumentos que la banda, antes underground ahora corporativa pelo recortado, utilizó en su demanda:

  1. Que los usuarios de Napster directamente violaban el derecho de autor de Metallica.
  2. Que Naspter contribuía a la violación de esos derechos de autor.
  3. Que Napster indirectamente violaba los derechos de autor de los exgreñudos esos.

Ahora teníamos en nuestras manos un instrumento capaz de violar esos derechos de autor y el grupo comercial de la empresa pretendía venderlo destacando precisamente esa capacidad.

Eventualmente solucionamos el problema con horas de estudio y revisión de antecedentes y notificamos a los usuarios que la información en formato mp3 que almacenaran sería su exclusiva responsabilidad y los invitábamos a no colaborar con la piratería.

Napster enfrentó muchas demandas desde 1999  hasta 2001, demandas que le dieron mucha publicidad, publicidad que atrajo a muchos usuarios dispuestos a obtener música gratis. Muchos se indignaron con el cierre y ahí quedó el asunto. Un golpe contra la piratería online.

Enero 2012.

Escandaliza a usuarios en todo el mundo el cierre de Megaupload. Un sitio web creado quizá con la mejor de las intenciones y del cual yo era usuario asiduo, pues entre todas las cosas “piratas” ahí disponibles, podías encontrar alguna información que sí respetara los derechos de autor de otros.

El viejo adagio dice que no hay nada nuevo bajo el sol. Revisando los argumentos utilizados por el FBI para el cierre del sitio, vemos que son coincidentes con aquellos usados por Metallica contra Napster.

Pero hoy estamos indignados por el cierre de Megaupload porque lo relacionamos con la Ley SOPA y otras similares (que quede claro NO apoyo a SOPA ni a ninguna ley parecida). Hoy es más fácil indignarse rápidamente sin conocer los detalles gracias a la velocidad de la información.

Quizá la mayoría de los usuarios de Twitter apoyen al grupo desagrupado de rijosos cibernéticos autodenominado Anonymous, que decidieron realizar una serie de ataques en contra de sitios web como represalia por el cierre de Megaupload.

El problema de la reacción tanto en redes sociales, como en medios tradicionales en contra del “escándalo Megaupload” es la falta de congruencia. Les aseguro que el 95% de quienes se muestran indignados, no comprarían una película pirata (o cd) en la calle. El 98% se mostró indignado por el gasto en la Estela de Luz, porque el dinero se gastó en algo inútil en lugar de dárselo a los pobres o así. El 80% se habrá enojado por los comentarios de Platanito y el 99% se indignó por la conducta de Sacar.

El 100% se indigna por la falta de aplicación de la ley en contra de los delincuentes tanto materiales como intelectuales (o sea, el que comente el delito y el que lo planea). Pero también el 100% se indigna por la aplicación de la ley en contra de la piratería en línea.

Me imagino a una pléyade de Robin-Hoods argumentando que las disqueras, productores, músicos, compositores, fabricantes de cd, y los miles de empleados de todos ellos, ya tienen suficiente dinero y que, bueno, robarles un poco para dárselo a quien lo necesita (uno mismo) no es tan grave. Que pena.

Un silbido en la madrugada

Volvió a suceder.

Mientras escribía escuchó a alguien silbando La Reina de la Noche de Mozart. Eran las dos de la mañana.

No le hubiera preocupado escuchar a alguien silbar tan hermosa pieza, aún a esa hora, como no le había sorprendido las veces anteriores. Pero esta vez se dedicó a escuchar, detenidamente. El silbido era muy claro y muy entonado, como aquellos que él nunca pudo silbar, pero que su maestro presumía constantemente. Recordó a su maestro, sus silbidos, su disciplina y su manera de enseñar ya fuera ortografía o cultura general.

Pero se detuvo, no quiso distraerse del silbido cuyo origen ahora estaba dispuesto a identificar. Se levantó y comenzó a seguir el sonido, salió al aire libre y escuchó. Ahí estaba el silbido, Reina de la Noche. Que atinado quien a esa hora decidía silbar. Era la noche y la luna estaba llena, casi como una Reina. La miró y como siempre disfrutó su compañía. Esa luna que aparecía y desaparecía periódicamente, como hace la luna en todos lados.

Se descubrió divagando otra vez. Poniendo atención identificó el silbido y notó que escuchaba con la misma intensidad que al principio. Se dio cuenta que no estaba ni más cerca ni más lejos de su origen, aún cuando había avanzado algunos metros. Reculó y salió a la calle, dispuesto a encontrar al silbante nocturno de una vez por todas. El sonido de los camiones que pasaban por la carretera cercana no lograban opacar el silbido. Se escuchaba con la misma nitidez que al principio y que en el jardín. Tampoco se acercaba ni se alejaba. Pensó que el origen estaría entonces dentro de su casa.

Recorrió cada cuarto, cada rincón, cada aparato, para descubrir que el silbido seguía interminable y repetido. Comenzó a ponerse de mal humor, como le sucedía cuando no encontraba rápido lo que buscaba, como pasaba cada vez que oía y veía silbar a alguien, como había sido en ocasiones anteriores con este músico dentoalveolar nocturno. Pero esta vez estaba decidido a encontrar el origen. Si otras veces lo dejó pasar, ahora estaba determinado a dirigirle ciertas palabras altisonantes al sujeto que interrumpía el silencio nocturno ocasionalmente. Esta vez no iba a mover la cabeza y acostarse en su cama a dormir, escuchando a un borracho silbar la Reina de la Noche de Mozart.

Lo que más lo indignaba era que el borracho, inconsciente y silbador, lo había perseguido por más de mil kilómetros, para silbar la Reina de la Noche, en las madrugadas de luna llena. Estuviera donde estuviera sabía que tenía que dormir antes de que terminara la primera hora del día si la luna en el cielo estaba llena, de lo contrario, escucharía la interpretación de la Reina de la Noche. Así, medio vestido, caminó por las calles cercanas, tratando de identificar el origen de su tortura y el resultado seguía siendo la misma intensidad. Ni se acercaba ni se alejaba.

Durante horas vagó por la ciudad, con la Reina de la Noche en los oídos y en el cielo sin lograr su objetivo. Cuando ya cansado, los pies doloridos y cuerpo frío, comenzó a aclarar el cielo, el silbido terminó. Nunca logró identificar el silbido y decidió no buscar mas su fuente que no era otra que su propia cabeza. Su propio y personal Geert Chatrou.

Decidió que estaba loco y nombró Tamino a su locura. El silbido sería su flauta mágica. Lo haría más feliz y cuando estuviera triste lo volvería alegre, como la ópera del autor. Así, al escuchar a Tamino sería el loco más feliz del mundo. Y ahora se le puede ver viendo hacia arriba cada noche, anhelando que la Reina de la Noche aparezca en el cielo… y en sus oídos.

La Tele

Chocolates Turín, ricos de principio a fin.

Pocos leen esa frase sin cantarla. Recuerdos de la infancia o juventud del lector. Complemento educacional creado por los publicistas de entonces. ¿Quién no recuerda los anuncios de Ford con el fondo musical de Carmina Burana? O los recientemente retomados anuncios de Vitacilina, aunque nadie tuviera una ni en la casa ni la oficina.

Todos los ahora adultos nos vemos unos a otros con miradas cómplices y a veces pícaras cuando alguno menciona una gelatina Pronto e inevitablemente cantamos en mentalmente o voz alta, pero con cierto rubor en las mejillas: “cuaja solita, fuera del…”.

Más adelante teníamos a Fabuloso que se utilizó novedosamente un adjetivo para dejar claro que el piso brillaba y rimaba con su marca. Todos sabemos que usar una Manchester es casi como un volado, no sabemos si nos sentíamos a gusto antes o después de usarla. Algunos recordarán las Valkirias de Iusacell o sus voladores de Papantla, pero todo recuerdan la melodía (que ni es melodía, sólo 6 notas bien acomodadas). Y por supuesto que todos sabemos o deberíamos saber a dónde estamos llamando si le contestan Oink Oink.

Yo crecí y me embrutecí viendo televisión, como casi todos los niños de mi generación. Una televisión que tenía un horario – a las seis de la mañana y a la medianoche se tocaba el himno nacional para abrir y cerrar la transmisión – y cuyos programas estaban dirigidos a un público específico según el horario. Triste era enfermarse y sólo tener que ver programas como el club del hogar o a quien corresponda, esperando ansiosamente las 2 de la tarde a que empezara la barra de niños en el canal 5 con el olvidable Rogelio Moreno (sí, donde nos veamos…).

Hoy podría yo ser niño otra vez y ni siquiera saber quiénes o cuáles son los programas que hay en la televisión abierta. Puedo poner un canal – o varios si tengo tv de paga – y embrutecerme viendo cartoons o dibujos animados, a los que yo llamo, con mi inocencia vetusta, caricaturas.

Lo que me lleva a golpear el teclado hoy es la falta de regulación – autorregulación – de los contenidos en televisión abierta o de paga. Y no me refiero a una Santa Inquisición televisiva o a contenidos pre-aprobados por el Estado como si estuviéramos en los 70 u 80 o en algún país del bloque oriental.

Los anuncios que recuerdan mis hijos y los tuyos si los tienes, son a Lolita Ayala dando consejos de salud, recomendando automedicarte y autodiagnosticarte. Si bien es cierto que se refiere a supuestas enfermedades, el mensaje es claro: ella te da los síntomas y tú diagnosticas.También ven a Adela Micha y a otros personajes hablando de enfermedades y los remedios mágicos que comercializan. Si no recuerdan esos, recordarán la operación de várices o de hemorroides o tal vez la nariz de Pepe y la novedosa invitación que ahora hacen para entrar a YouTube y ver esos videos explícitos.

Es preocupante que esta publicidad se transmite a cualquier hora y por cualquier canal. Puedes estar viendo Chabelo y seguramente te encontrarás con las hemorroides de los gemelos. Puedes ver iCarly y en un corte podrás apreciar la operación de várices.

Mientras escribo recuerdo otra pauta, nueva, de un productito llamado English Lady… Denigra a las mujeres al tratar de denigrar a los hombres. No es chistoso ni tiene otro contenido excepto que las mujeres actúan como lo hacen los hombres a quienes siempre criticamos. Penoso.

Lo más curioso es que nadie hace nada y parece normal. Tenemos precandidatos, ungidos, presidentes y gobernadores preocupados por sus cotos de poder y ciertas empresas aprovechan, con la bendición de quien debería revisar esto, para inescrupulosamente llenar de mierda la televisión. Que ya estaba bien llena, sin necesidad de además ver vísceras a cualquier hora.

Y nos preguntamos por qué 50,000 o más muertos ya no nos impresionan…

La muerte de la musa

El escritor se jactaba de sus grandes escritos y de la cantidad de lectores que en sus lecturas diarias incluían los escritos escritos por el escritor.

Un día decidió que no necesitaba musa. Su propia inspiración era el origen de tan grandes aciertos literarios y cada letra, cada palabra y cada frase emanaban exclusivamente de su voluntad y su impresionante capacidad para ser capaz. Esa fue su decisión, no se supo nunca si decidió lo que decidió de la noche a la mañana o fue un proceso paulatino de desmusación.

Una mañana, cuando era alabado por aquellos que alaban a los escritores engreídos, mientras que tengan éxito, ideó el plan. Mataría a su musa. Primero le robaría las alas, para que no pudiera huir como caprichosamente hacía cada que él quería iniciar un nuevo escrito y precisaba de su ayuda. Así las cosas, la tomó delicadamente, como cada vez que la tomaba y la musa, inocente y crédula dejose tomar por él. Una vez en sus manos, el escritor la desaló con su lengua filosa. Esa misma lengua que utilizaba en sus escritos para cortar cabezas, talar bosques enteros y vencer a sus enemigos. La musa atónita por tal desalamiento lo miró a los ojos y con esa mirada que sólo quien ha conocido a una musa verdadera entiende, le dijo – Si prefieres que no tenga alas, así será. Soy tu musa.

El escritor, en su embriaguez de autosuficiencia y propia inspiración, olvidó escuchar las palabras de la musa y decidió continuar al día siguiente con su desalmado – y desalado – plan. Ahora le cortaría las piernas, pues una musa sin alas puede salir corriendo y el resultado es el mismo: se lleva la inspiración que aunque el escritor no necesitaba, quería la seguridad de completar su plan egocéntrico y consumar el musacidio que había decidido cometer.

Antes de completar la despiernación de la musa, el escritor se volvió taciturno y comenzó a aislarse de los demás escritores. Pensaba que ningún escritor de los que lo rodeaban era tan bueno como él y si alguno aparentaba serlo, sería porque en su debilidad se apoyaba en una musa. Concluía su reflexión asegurando que los escritos de otros escritores serían más bien obra de sus musas y no de ellos mismos, por lo que el crédito que obtuviesen sería inmerecido y al final, él era el mejor.

Conforme pasaban los días, el escritor desmembraba a su musa, encontrando una justificación para cada mutilación que le infligía. Si le quitaba las manos, no podría volver a tocar sus escritos; si los ojos, no podría ver en lo que trabajaba; si las orejas, no escucharía el llamado del escritor en caso que éste tuviera un momento de flaqueza. Y así, pieza por pieza, sólo quedó el corazón de la musa. Con cada acto de barbarie perpetrado en su contra por el escritor, la musa le decía, le escribía o le daba a entender que ella era su musa y sólo a él inspiraría.

El escritor decidió congelar el corazón de la musa. Así dejaría de latir y el musacidio estaría finalmente consumado, librándose de influencias extrañas en sus escritos tan atinados y famosos que ya estaban empezando a recorrer el mundo. Tomó el corazón, lo envolvió en una sábana y lo congeló. Periódicamente revisaba el mismo, para ver si aún latía y sí, con cada revisión verificaba que el corazón de la musa seguía latiendo, penosamente, arrítmicamente, pero latiendo.

El escritor dejó finalmente de revisar el corazón de la musa y se enfrascó en sus escritos. Ahora que se sentía liberado escribía frenéticamente y no terminaba un texto cuando ya estaba comenzando otro. Viajaba para presentar sus escritos, conferenciaba en muchas conferencias y todo el mundo decía que lo amaba, por sus escritos y por ser el escritor. Pero con el pasar de los días, sus escritos se volvieron planos. No tenían pies ni cabeza, nadie sabía que quería decir y poco a poco se alejaron de los escritos del escritor. El escritor, en su soberbia, seguía afirmando que sus escritos eran los mejor escritos de todos los escritores, pero ya nadie lo escuchaba.

A la vuelta de unas horas, terminó solo, sentado frente a su vieja máquina y sin saber que escribir. A nadie le importaba que escribiera o que callara. Nadie lo volteaba a ver ni le tendía una mano.

Al borde de la desesperación recordó el viejo corazón congelado de la musa y se volvió para revisarlo. Lo sacó de su helada tumba y desenvolvió la víscera que en su visceral decisión decidió congelar para demostrar su grandeza.

Sobre la mesa, vio que el corazón finalmente se había detenido. No sabía cuándo había sucedido lo que sucedió, pero tenía la certeza de que el musacidio que planeó se consumó conforme al plan. Y se sintió vacío. No tenía público a quién escribir ni tampoco tenía musa que matar.

Entonces lloró. Lloró por todas esas letras que podría haber escrito si la musa, de haber tenido boca, le hubiera dictado al oído, como hacía cuando empezaba. Lloró por todos aquellas sonrisas que la musa, de haber tenido oídos, podría haber esbozado al escuchar los escritos del escritor, que habían sido inspirados por ella misma. Lloró por todas aquellas palmadas en la espalda que la musa, de haber tenido manos, le hubiera dado en los momentos en que no encontraba un tema para escribir. Lloró también por todos esos bailes que la musa, de haber tenido piernas, hubiera danzado alrededor del escritor, sólo porque tenía ganas de bailar. Lloró finalmente por las alas de la musa, que lo llevaban a volar a tierras y tiempos inimaginables.

Cuando terminó de derramar sus 6 lágrimas, volteó para tomar el corazón congelado y muerto y darle cristiana sepultura pero se sorprendió de ver ahí a la pequeña musa, completa, lista para revolotear. La musa le dijo: Soy tu musa. Y él la beso.

El duque, el caudillo y la princesa.

Érase una vez en la Ciudad de las Rosas que el gallardo duque de Ambaró se reunió con los sabios y juglares del gran y único Reino del Colibrí. Como regalo, el duque llevó una mula que, dijo el duque, creció junto a las fuentes de sus territorios. Al presentar el regalo, mencionó que esa mula era descendiente de una yegua pura sangre y de un burro muy fino. La mula, fiel a su noble ascendencia, era la solución a los problemas de transporte de las mercaderías de la Ciudad de la Rosas y sería el ejemplo para criar más mulas similares en todo el reino y así tener 140 años de paz y prosperidad para todos los súbditos.

Los sabios y juglares reunidos en la Ciudad de las Rosas ya habían recibido regalos de otros duques y duquesas del territorio Animaxe, que en ese entonces reinaba en todo el mundo conocido. Los sabios y juglares eran algo hostiles, pues los regalos recibidos siempre se tornaban mágicamente en colibríes que aleteaban y desaparecían. Era una maldición cuyo origen era desconocido, pero se sabía que su alimento era la codicia. Así había sido desde el principio de los tiempos, cuando el Sumo Sacerdote se levantó contra los dioses de allende la mar y así seguía siendo, sin importar el territorio del Rey en turno.

Al recibir la mula regalada, que por no ser caballo, sí se le mira el diente, los sabios y juglares increparon al duque y lo cuestionaron sobre el verdadero origen de tan obediente animal. ¿Será que es descendiente de grandes caballos y yeguas? El duque, confundido, respondió asegurando que el tatarabuelo de la yegua madre de la susodicha mula, era el caballo pardo de aquel gran Nabulione, conquistador de otomanos, germanos y sicilianos.

Su dicho y desconocimiento de la historia equina, provocó que sabios y juglares tornaran inmediatamente en bufones y esparcieron por todo el reino la noticia de la ignorancia del duque, asegurando que su mula era una mula criada seguramente en las praderas de Éireann y traída por los conspiradores de Ambaró para derrocar la nueva monarquía.

Siendo chaneques la mayoría de los pobladores del Reino del Colibrí y fieles a su naturaleza, adoradores de las travesuras, comenzaron a hilar cientos, miles de cuentos alrededor del caballo pardo y la mula importada. El duque reconoció su ignorancia e inclinó la cabeza, recibiendo en silencio el bien ganado castigo que le propinaban los chaneques. Que en su favor se debe decir que siendo igual de ignorantes no tenían ambición de dominar al gran y único reino.

Apareció también un caudillo animaxe, dotado de gran inteligencia pero poca habilidad para usarla, que decidió encabezar la lapidación del duque. Vociferó que era imposible desear convertirse en rey del gran y único, sin saber sobre caballos. Y aseguró que su caballo preferido era Babieca de aquel ingenioso hidalgo. Al ser increpado por los juglares, el caudillo sucumbió ante el hechizo y se convirtió en bufón también. Y los chaneques atacaron a duque y a caudillo por igual.

Pero cualquier historia de caballos y caudillos, hechizos y transfiguraciones, caídas y azotes, no estaría completa sin una princesa. La princesa se asomaba en su torre en el Valle Zumi, viendo como el duque, su protector, era lapidado. En su desesperación, subió al punto más alto y tiró un caldero de aceite hirviendo sobre los chaneques y su frenética verbena, vociferando imprudencias y verdades: diciendo chaneques a los chaneques.

Los chaneques, escudados en su gran número y su incierta apariencia, arremetieron contra la princesa. Desgarraron sus vestidos, destrozaron sus aposentos y a punto estaban de quemarla viva cuando el duque, maltrecho por el castigo recibido, suplicó perdón para ella y para él, agradeciendo a la turba chaneque la lección de tan fuerte y agresiva manera enseñada.

Los chaneques siguieron tirando algunas piedras al duque, al caudillo y a la princesa, pero competían ahora para demostrar que todos y cada uno de ellos sabían de caballos, razas y linajes. Presumían en tabernas y caminos sobre su conocimiento equino. Aunque en el fondo, todos sabían que pocos chaneques tenían caballos y eran menos los que, aun teniéndolos, sabían montarlos.

El duque continuó con su labor de convencimiento sobre el valor de su mula, los caudillos de Animaxe siguieron enfrentándose para suceder al Rey, y aquel originario del lugar de tierra mojada enviaba mensaje cuasimesiánicos de amor y paz para los súbditos del Colibrí, guerrero por naturaleza.

La moraleja de la historia, no es fácil de deducir, pues chaneques que somos seguimos envueltos en la defensa de nuestra honra, mancillada cruelmente por una doncella, princesa y altanera; seguimos lapidando a duques y caudillos o presumiendo nuestra crianza, chaneque a fin de cuentas.

Pero detrás de todo ese humo, detrás de todo el caos ocasionado por las reacciones infantiles y juguetonas de los chaneques, se esconde la realidad del Reino del Colibrí, de las necesidades de sus pobladores y se pierde el foco de lo que verdad importa.

Sólo recordemos, chaneques del Colibrí, que el origen de nuestro nombre colectivo se remonta a la creación de este Reino y significa “dueños de la casa”.

El chaneque es capaz de asustar a la gente, de hacerle perder su tonalli y de ocasionar la muerte. Pero también puede recompensar al hombre con riquezas y buena fortuna. Ya hemos hecho lo primero, ahora es momento de trabajar para lograr lo segundo y evolucionar de chaneques a humanos.

¿Realmente somos iguales o tenemos que aclararlo?

Otro hombre hablando sobre feminismo para asegurar que hombres y mujeres somos iguales y que debemos tener las mismas oportunidades.

Cuando los hombres estamos realmente a favor de la igualdad, empezamos a defender a las mujeres y a usar términos como “equidad de género” o llevamos al extremo nuestra supuesta convicción queriendo abarcar a todos y todas en nuestras intervenciones públicas.

Y entonces les llamamos mexicanos y mexicanas, amigas y amigos o el día del niño ahora se conoce como “Día del niño y la niña”.

Personalmente difiero de tales extremos. Tampoco estoy a favor de imponer cuotas de equidad de género en el poder legislativo, pues aún cuando no habla expresamente de una cantidad de “mujeres”, el origen de la cuota señalada es obvio: la igualdad no tan igual entre hombres y mujeres.

Otro término acuñado recientemente es el de “feminicidio”. Este neologismo se crea para distinguir cuando se priva de la vida a una mujer, oponiéndose así al homicidio, que con una dosis de populismo, se referirá por tanto al hombre.

Aquellos que sepan algo de creación de leyes y de ánimo o intención del legislador, claramente podrán deducir que la definición de homicidio en las leyes se refiere a cualquier género. Me imagino a un juez en 1960 declarando inocente a un sujeto por matar a una mujer, con el argumento de que la conducta no se encuentra tipificada como delito, pues el Código Penal únicamente considera la muerte del hombre. Sería dantesco el espectáculo que seguiría a esa sentencia y tendríamos a todo el país como una gran Ciudad Juárez desde entonces.

No estoy en contra del feminismo o de la igualdad de derechos. Estoy en contra de la manera en que se hace. Digamos que, simplemente por escribir esto, siento que discrimino al género femenino porque estoy convencido de que no hay que aclarar nada sobre la igualdad.

Crecí en una familia donde todos éramos iguales, tanto hombres como mujeres lavamos platos, barríamos, cocinábamos. Las tareas del hogar eran responsabilidad de todos y cada uno tenía sus deberes. Lavar los baños era la menos deseada, pero sabíamos que tarde o temprano no iba a tocar el turno. No recuerdo haberme cuestionado nunca si eso era trabajo de hombres o no. Lo hacía porque tenía que hacerse y porque todos vivíamos ahí.

Durante 14 años trabajé en empresas. De esos, 12 fui supervisado por mujeres y mucha gente me ha preguntado si es mejor o peor que tener “jefes” hombres. Nunca lo he analizado realmente, porque el jefe es una figura en el trabajo, sin importar su género. No nos detengamos a discutir esas pequeñeces y veremos cómo es más fácil convivir entre todos, sin necesidad de decir “todos y todas”.

El otro día escuché a una “experta” en feminismo en cadena nacional, argumentando sobre la capacidad de las mujeres en el trabajo y por qué son mejores, más dedicadas, menos propensas a la pérdida de tiempo y en general más productivas. Habló durante unos lastimosos minutos defendiendo a las mujeres y colocándolas por encima de los hombres en cuanto a atributos laborales y sociales corresponde. Triste intervención, triste tema y muy tristes conclusiones.

El punto sobre la igualdad es simplemente dejar de comparar géneros, en lugar de evaluar capacidades.

En la política debe ser igual: Angela Merkel podría ser hombre o mujer, mientras guía adecuadamente a su país. Con Margaret Tatcher fue lo mismo, nadie se ponía realmente a cuestionar su género, sino sus resultados, mismos que la llevaron a ganar todas las elecciones en que participó entre 1979 y 1990. Cuando éstos no fueron satisfactorios, renunció por presiones de su partido. No fue un plan machista para limitar el poder a la mujeres en el Reino Unido.

Hoy en México tenemos una precandidata que esgrime su género como promesa de cambio en el país. Miles de seguidores aseguran que es momento de tener a una mujer en la presidencia y por eso quieren que votemos por ella.

De todas las razones que se me pueden ocurrir para votar o no votar por alguien, la última de mi lista sería si el candidato es hombre o mujer. Es más, ni siquiera consideraría eso.

Lo único que debe tomarse en cuenta de un candidato es su trayectoria personal, profesional y política, el partido que lo propone y la capacidad que pueda tener para hacer de México un país como el que queremos los mexicanos. Donde no se despinten las medallas de oro, donde todos seamos iguales y donde el homicidio se castigue igual.