El duque, el caudillo y la princesa.

Érase una vez en la Ciudad de las Rosas que el gallardo duque de Ambaró se reunió con los sabios y juglares del gran y único Reino del Colibrí. Como regalo, el duque llevó una mula que, dijo el duque, creció junto a las fuentes de sus territorios. Al presentar el regalo, mencionó que esa mula era descendiente de una yegua pura sangre y de un burro muy fino. La mula, fiel a su noble ascendencia, era la solución a los problemas de transporte de las mercaderías de la Ciudad de la Rosas y sería el ejemplo para criar más mulas similares en todo el reino y así tener 140 años de paz y prosperidad para todos los súbditos.

Los sabios y juglares reunidos en la Ciudad de las Rosas ya habían recibido regalos de otros duques y duquesas del territorio Animaxe, que en ese entonces reinaba en todo el mundo conocido. Los sabios y juglares eran algo hostiles, pues los regalos recibidos siempre se tornaban mágicamente en colibríes que aleteaban y desaparecían. Era una maldición cuyo origen era desconocido, pero se sabía que su alimento era la codicia. Así había sido desde el principio de los tiempos, cuando el Sumo Sacerdote se levantó contra los dioses de allende la mar y así seguía siendo, sin importar el territorio del Rey en turno.

Al recibir la mula regalada, que por no ser caballo, sí se le mira el diente, los sabios y juglares increparon al duque y lo cuestionaron sobre el verdadero origen de tan obediente animal. ¿Será que es descendiente de grandes caballos y yeguas? El duque, confundido, respondió asegurando que el tatarabuelo de la yegua madre de la susodicha mula, era el caballo pardo de aquel gran Nabulione, conquistador de otomanos, germanos y sicilianos.

Su dicho y desconocimiento de la historia equina, provocó que sabios y juglares tornaran inmediatamente en bufones y esparcieron por todo el reino la noticia de la ignorancia del duque, asegurando que su mula era una mula criada seguramente en las praderas de Éireann y traída por los conspiradores de Ambaró para derrocar la nueva monarquía.

Siendo chaneques la mayoría de los pobladores del Reino del Colibrí y fieles a su naturaleza, adoradores de las travesuras, comenzaron a hilar cientos, miles de cuentos alrededor del caballo pardo y la mula importada. El duque reconoció su ignorancia e inclinó la cabeza, recibiendo en silencio el bien ganado castigo que le propinaban los chaneques. Que en su favor se debe decir que siendo igual de ignorantes no tenían ambición de dominar al gran y único reino.

Apareció también un caudillo animaxe, dotado de gran inteligencia pero poca habilidad para usarla, que decidió encabezar la lapidación del duque. Vociferó que era imposible desear convertirse en rey del gran y único, sin saber sobre caballos. Y aseguró que su caballo preferido era Babieca de aquel ingenioso hidalgo. Al ser increpado por los juglares, el caudillo sucumbió ante el hechizo y se convirtió en bufón también. Y los chaneques atacaron a duque y a caudillo por igual.

Pero cualquier historia de caballos y caudillos, hechizos y transfiguraciones, caídas y azotes, no estaría completa sin una princesa. La princesa se asomaba en su torre en el Valle Zumi, viendo como el duque, su protector, era lapidado. En su desesperación, subió al punto más alto y tiró un caldero de aceite hirviendo sobre los chaneques y su frenética verbena, vociferando imprudencias y verdades: diciendo chaneques a los chaneques.

Los chaneques, escudados en su gran número y su incierta apariencia, arremetieron contra la princesa. Desgarraron sus vestidos, destrozaron sus aposentos y a punto estaban de quemarla viva cuando el duque, maltrecho por el castigo recibido, suplicó perdón para ella y para él, agradeciendo a la turba chaneque la lección de tan fuerte y agresiva manera enseñada.

Los chaneques siguieron tirando algunas piedras al duque, al caudillo y a la princesa, pero competían ahora para demostrar que todos y cada uno de ellos sabían de caballos, razas y linajes. Presumían en tabernas y caminos sobre su conocimiento equino. Aunque en el fondo, todos sabían que pocos chaneques tenían caballos y eran menos los que, aun teniéndolos, sabían montarlos.

El duque continuó con su labor de convencimiento sobre el valor de su mula, los caudillos de Animaxe siguieron enfrentándose para suceder al Rey, y aquel originario del lugar de tierra mojada enviaba mensaje cuasimesiánicos de amor y paz para los súbditos del Colibrí, guerrero por naturaleza.

La moraleja de la historia, no es fácil de deducir, pues chaneques que somos seguimos envueltos en la defensa de nuestra honra, mancillada cruelmente por una doncella, princesa y altanera; seguimos lapidando a duques y caudillos o presumiendo nuestra crianza, chaneque a fin de cuentas.

Pero detrás de todo ese humo, detrás de todo el caos ocasionado por las reacciones infantiles y juguetonas de los chaneques, se esconde la realidad del Reino del Colibrí, de las necesidades de sus pobladores y se pierde el foco de lo que verdad importa.

Sólo recordemos, chaneques del Colibrí, que el origen de nuestro nombre colectivo se remonta a la creación de este Reino y significa “dueños de la casa”.

El chaneque es capaz de asustar a la gente, de hacerle perder su tonalli y de ocasionar la muerte. Pero también puede recompensar al hombre con riquezas y buena fortuna. Ya hemos hecho lo primero, ahora es momento de trabajar para lograr lo segundo y evolucionar de chaneques a humanos.

Los Mexicatlachcuauhtli

Hoy no vamos a hablar de política ni se seguridad ni temas similares. Tampoco del partido de ayer, esa noticia está disponible en todos lados y seguirá estándolo.
Hoy solo vamos a hablar de cosas y a ver donde nos llevan.
Estuve revisando mi biblioteca y no encontré ningún libro para describir lo que habría de escribir hoy. Recuerdo aún cuando con 12 años, tomaba yo los 1,500 volúmenes de la biblioteca de mi papá, los ponía todos apilados en el piso y los reacomodaba. Cada vez que hacía eso, aparecía un nuevo libro, nuevo para mí, pero ya viejo en el grupo, que me llenaba durante uno o dos meses. Después a iniciar de nuevo.
Un buen día – o malo, para la Santa Inquisición – encontré un pequeño librito que se titulaba ¿Puedo Leer lo que Yo Quiera? Y ese título cambió mi forma de leer y aceptar otras manera de pensar. Nunca leí aquel librito, sólo tomé la decisión de leer lo que yo quisiera.
A partir de ahí leí el Quijote, la Biblia (completa, de principio a fin), Sueño de una noche de verano y todas las obras de Julio Verne. Después seguí con la literatura juvenil que no era para mí y devoré Mujercitas y lloré con Papaíto Piernas Largas. Ya en esos menesteres, me dediqué a la investigación y al uso de la materia gris junto a Sherlock Holmes y Hércules Poirot, con quien me sentí más identificado por ser aparentemente, menos petulante que el inglés. Poirot pensaba y observaba todos los detalles, mientras Sherlock tenía respuestas increíbles como saber la marca del cigarro por el tipo de ceniza. Poirot sería en nuestro días como Shawn Spencer de la serie Psych, pero sin el humor del siglo XXI. Sherlock sería quizá como Genaro García Luna.
Decidido a leer lo que me viniera en gana e inspirado por un libro que nunca leí, traté de descifrar los Versos Satánicos y el por qué de la persecución a su autor. Aproveché la explicación de Carlo Coccioli sobre los versos y quedé un poco confundido. Decidi leer el Corán y lo leí completo tratando de entender.
Cansado de pensar y tratar de entender el mundo me refugié en las novelas light pero con algo de historia. Así fui al origen de Japón con Shogun y la negociación inglesa con Honk Hong en Taipan y La Casa Noble.
Me regalaron un día un libro llamado “Mexico: un paso difícil a la modernidad”. Fue el primero y último libro escrito por políticos que he leído. No porque no pueda, sino porque no quiero. Y como decía el título del pequeño libro, puedo leer lo que yo quiera – y no leer lo que Yo no quiera.
Antes había pasado por todos los libros de Luis Spota, que causaron gran impresión en mí. También el Taco de Ébano de un escritor argentino que resulta que es pariente mío. Lejano, pues estaba en Argentina.
Tenía mi papá en su biblioteca un lugar especial con mucho libros de don Roberto Blanco Moheno. Siempre me llamaron la atención, pero por el cuidado que les daba mi padre, no me atrevía yo a tocarlos. Leí mucho sobre él, conocí a su hijo Roberto y a sus hijos y finalmente mientras la casa estaba vacía, los tomé, los guardé y pase 6 meses leyendo todos esos libros. Literatura extraña y real, que te llevaba a reir, sufrir y morir con los protagonistas que parecían reales. Leí a Carlos Fuentes y me reservo mis comentarios.
Entre los títulos condenados estaba Mi Lucha de Hitler y otros similares que merecerían mi excomunión, si no estuviera ya excomulgado.
Para terminar esta historia egocéntrica de lecturas pasadas, recuerdo el libro de Gutierre Tibon – Historia del nombre y la fundación de México – donde dice: “En el juego de pelota había un personaje que correspondía al caballero águila del ejército: el mexicatlachcuauhtli – pelotero águila – consagrado al sol”.
Bueno, hablando de cosas y libros, el futbolista que llevo dentro ganó y regresamos al tema de hoy en todos lados. Vaya entonces para terminar un reconocimiento a todos esos peloteros águila que ganaron ayer. Y que convencieron. Y esto que resultó ser un homenaje, se lo debemos a un libro que nunca leí.